Martín Casillas de Alba
El Financiero: el lunes 27 de enero del 2003.
Tres opéras británicas para perder la cabeza
Cuando decimos que hemos perdido la cabeza, queremos decir que nos ha fallado o se nos ha ofuscado la razón y el juicio por algún tipo de problema o accidente. Casi nunca pensamos, como lo hacían los de otras épocas, que simplemente quiere decir que le habían cortado estrictamente la cabeza como se la cortan a las gallinas o a los guajolotes.
Tampoco pensamos en esto cuando nos enteramos que el 1º y 2 de febrero se presenta en el Teatro Miguel Covarrubias del Centro Cultural de la UNAM un programa de tres óperas de cámara que han llamado «Tres óperas británicas para perder la cabeza», dos compuestas por Judith Weir y una por Paul Barker y las tres puestas en escena por Benjamín Cann que ha entreverado, entre las tres óperas sin intermedios, un juego escénico donde narra, al mismo tiempo y en paralelo unas historias estructuradas alrededor de las metáforas detrás de «perder la cabeza».

Había una vez un rey en la lejana Islandia llamado Haraldo que en el siglo IX pretendía conquistar Noruega o Suecia. En realidad es un rey desconocido, excepto para la compositora que lo estudió para hacer de su vida una parodia y convertir esa historia, como si fuese una saga, King Harald’s Saga, en una leyenda mitológica de la antigua Escandinavia y parte de las Eddas redactadas en Islandia en el siglo XII, donde seguramente no había nada que hacer, excepto inventar estos mitos para sobrevivir leyéndoselas a los hijos y nietos para que no sintieran tanto el frío que hace en esas latitudes prácticamente todo el año y que ahora nos va a cantar la soprano Silvia Rizo a capella durante los diez primeros minutos poniendo sólo su voz al servicio de la épica compuesta por Judith Weir en 1979.

Estamos viendo el escenario y ahí aparecen dos parejas de actores detrás de esta épica para ejemplificar otra inspirada en las únicas conquistas que pueden hacerse ahora, esas que consisten en seducir a la mujer del otro, para que el cornudo cobre esta traición, como en la saga, cortándole la cabeza al seductor-conquistador y miembro de esas parejas tan aburridas y falsas que no saben ni necesitan hablar y, por lo tanto, actúan mientras la soprano relata los sucesos del rey Haraldo a quien también, según nos cuentan, perdió la cabeza en una de sus conquistas.

Seguimos sin intermedio, por otros treinta minutos, con The Consolations of Scholarship, escrita en 1985, ahora con el Quinteto de alientos, una mezzosoprano y otros instrumentos concertados por José Areán, para contarnos otra historia basada en los textos del teatro didáctico Yuan del siglo III, donde les enseñan a los niños la historia de un emperador que tenía dos asesores, uno militar de nombre Kan, –como Cann el director artístico– y otro, un sabio llamado Chao Tzun, –como Chao, el apellido de mi psicoanalista. La envidia hace que el primero decida matar a toda la familia Tzun y que el sabio termine suicidándose. Dos generaciones después, el nieto estudia y tiene una beca para descubrir –la recompensa didáctica por estudiar– la verdad del suceso provocando que la justicia haga que Kan pierda la cabeza, segunda de este trío y una demostración fehaciente de cómo el estudio también pude servir para vengarse.

A continuación, Paul Barker toma The Pillow Book, ¿se acuerdan de la perversión erótica que hizo Peter Greenawey en 1996 donde a una cortesana le escriben en su cuerpo o ella escribía en el de los otros y luego morían después o antes o en lugar de hacer el amor?, bueno, pues aquí Barker toma la historia apegada al texto original, que no es el de Peter, para componer The Pillow Song cantada por la soprano Lourdes Ambríz, con un coro de cuatro sopranos más y con Ricardo Gallardo en las percusiones que, durante los últimos 27 minutos, esta cortesana se enamora y pierde todo, incluida la cabeza, pues no la dejaron ni pensar forzándola a ser cortesana por el resto de su vida. Su lamento es un modesto acto prehistórico en apoyo a la emancipación de la mujer.

Las metáforas se expresan detrás del canto, abriendo y cerrando paréntesis donde el muerto descabezado se levanta para reclamar su cabeza. Por eso, a estas tres obras les han llamado así y a los espectadores sólo nos queda perderla con la música y disfrutar la puesta en escena para ver si al final la volvemos a encontrar.
Juan Arturo Brennan: La Jornada, Mexico, 4.2.2003
Las óperas decapitadas
El pasado fin de semana concluyeron las actividades de la quinta versión del Festival Internacional Música y Escena, ideado, promovido, producido y dirigido por la compositora Ana Lara. En esta ocasión, la función de clausura estuvo sustentada en una propuesta que, desde su título, era ciertamente atractiva: Tres óperas británicas para perder la cabeza. Evidentemente, utilizo aquí la palabra ''atractiva" a despecho y a pesar de los aficionados tradicionales a la ópera tradicional, que todavía se resisten a apearse de sus tradicionales interpretaciones de los tradicionales caballitos de batalla del siglo XIX, que ya es el siglo antepasado, por si no se habían dado cuenta.
La función estuvo conformada por tres brevísimas óperas de cámara: King Harald's saga y The consolations of scholarship, de Judith Weir, y The pillow song, de Paul Barker. Uno de los elementos unificadores más importantes (quizá el más destacado) de estas tres obras de teatro musical es el hecho de que cada una tiene como protagonista única a una mujer. Campañas militares, derrotas y traiciones, engaños y estudios, amores en la corte, poemas, son algunos de los temas principales tratados en estas óperas británicas; y si los menciono en su conjunto se debe a que el individuo responsable de la puesta en escena decidió, asimismo, hacer de las tres óperas una sola continuidad teatral, con todas las ventajas y los riesgos que ello implica. Este individuo es Benjamín Cann, quien a lo largo de los años ha dedicado buena parte de sus labores de dirección (cine, teatro, ópera) a confeccionar propuestas escénicas alejadas de lo convencional, retadoras en su concepción y realización y, en algunos casos, profundamente irritantes. Nueva aclaración: dada la tendencia a lo común y corriente en nuestros medios escénicos, utilizo aquí el término ''irritante" en su más noble acepción.
El caso es que Cann ha seguido aquí una línea de conducta que implica conservar a lo largo de las tres óperas los mismos elementos escénicos, visuales y narrativos. Y aunque en algunas ocasiones la ilustración descriptiva de los temas (reales o imaginados) de las óperas es un tanto literal, hay
también un buen número de hallazgos que contribuyen a que el respetable, en efecto, pierda la cabeza.
Una visión general de esta triple, pero unificada función de ópera de cámara, permite afirmar que, desde el punto de vista de la buena fusión de música y escena, la obra de Paul Barker (The pillow song) que cerró el programa es la más lograda. No sólo presenta el texto más atractivo y coherente de las tres obras, sino que su componente musical es también la mejor planteada y resuelta. Una voz solista, un cuarteto de voces femeninas como microcoro y un discreto complemento de percusiones refinadamente manejadas por Ricardo Gallardo son suficientes para crear los ambientes sonoros y los cimientos dramáticos necesarios para una interesante exploración del Pillow book de la cortesana japonesa Sei Shonagan.
Y fue precisamente la protagonista de la ópera de Barker, la soprano Lourdes Ambriz, quien mejor asumió y realizó sus labores de solista, tanto en lo musical como en lo escénico. Por su parte, la soprano Silvia Rizo sacó a relucir un buen sentido del timing para lograr algunos momentos teatrales plenamente surrealistas (brechtianos en su origen) en King Harald's saga, obra que tiene como principal reto el hecho de que está concebida íntegramente para una voz a capella. Por su parte, en The consolations of scholarship la compositora Judith Weir utiliza una voz de mezzosoprano, en este caso Carla López Speziale, como vehículo para una amplia gama de modos de emisión vocal (quasi parlando, Sprechgesang, etcétera) que le añaden una buena dimensión expresiva a la obra.
En suma, un triplete operístico muy interesante, que da mucho qué pensar y discutir. No puedo dejar de mencionar el saludable hecho de que para la función del domingo, la Sala Covarrubias se llenó completamente, lo que demuestra que sí existe interés por asuntos diversos que los sofocones de Mimí y las desventuras de Violetta. Quizá hoy se hace ópera contemporánea de cámara por necesidad; en una de ésas, nos encontraremos haciéndola por vocación. Eso sí que sería como para perder la cabeza.
LA ÓPERA, SÍNTESIS DEL SIN SENTIDO: BENJAMÍN CANN
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Georgina Hidalgo
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Con tramas que suceden en Noruega, China, Japón, y por qué no, en México. La música contemporánea se niega a quedar al margen de las preferencias del espectador, revitalizando con sus propuestas añejos géneros de música escénica, como la ópera.
Benjamín Cann tiene una visión particular sobre estas composiciones dramáticas: "A veces, la ópera me parece la síntesis del sin sentido. Música grandiosa para letras tantas veces elementales. Repeticiones textuales sólo con algún sentido musical. Seres que se mueven por un escenario como si lo hicieran por la vida y como si el único y final sentido de la misma, fuera –y lo es- emitir sonidos bellos para palabras sin sentido. Conjuntar disciplinas como si de veras fuera posible y pretender que todo tiene algún sentido más allá de escuchar música".
Convencido de lo anterior, el director escénico quien ha dirigido Madama Butterfly para la Ópera de Bellas Artes, hiló el montaje Tres óperas británicas para perder la cabeza, como un reto a la cordura del espectador, tal como lo fue para él cuando aceptó el trabajo.
"Lo que estás a punto de presenciar, te lo advierto, es ópera. O sea, no tiene sentido. En principio no sirve para nada, sino para el goce de quien quiera", advirtió en el programa de este peculiar montaje, que cerró el V Festival Internacional Música y Escena en la sala Miguel Covarrubias del Centro Cultural Universitario totalmente llena.
Tres óperas británicas para perder la cabeza une las obras King Harald´s Saga (1979), The Consolations of Scholarship (1985) y The Pillow Song (1988), de los compositores ingleses Judith Weir (las dos primeras) y Paul Barker. Sin interrupciones entre ellas y aparentemente sin una trama en común, el caos ordenado que fraguó Cann se basó en un denominador común: en cada una hay seres que pierden la cabeza.
Ambición, venganza, amores ilícitos; las razones que llevaron al rey vikingo a lanzarse a la conquista de Inglaterra en el año 1066, o las que tuvo el estudiante chino para vengar a su padre, enredado años antes por un ambicioso amigo que lo hizo perder la cabeza; o las de la cortesana japonesa enloquecida por el amor hacia su padre, se enlazan mientras alrededor del escenario ocurren historias paralelas, a cargo de un cuerpo actoral conformado por Cecilia Constantino, Hernán del Riego, Tany Marcín y Roberto Sosa.
Dispuestos en el escenario, una ventana dejaba al descubierto el mundo sonoro de los ejecutantes. Y a los lados, micromundos de papel, escaleras que no llevan a ningún lado, mesa larga y estudio, completaban la escenografía de este caos ordenado.
Cantadas en inglés, las partituras, de rítmica difícil y melodías expresivas, demandaron cierto compromiso psicológico de las cantantes Silvia Rizo, María Huesca, Carla López Speziale, Graciela Díaz Alatriste, Zulyamir Lopezríos, Claudia Montiel y Eugenia Ramírez, y de los músicos Alain Durbecq, Mauricio Náder, Andrés Gómez y del quinteto de Alientos de la Ciudad de México; además del desarrollo de ciertas cualidades histriónicas en los directores concertadores José Areán y Ricardo Gallardo.
Mientras la épica del Rey Harald era interpretada por la soprano Silvia Rizo, un divertido ejercicio corporal era ejecutado por los actores. Dos parejas cenaban, dejando al descubierto hipocresías, violencias, deseos. Artífices de una cuarta lectura, los actores diseccionan con cierto humor negro, la tragedia de la existencia humana.
"Es de alguna manera el reflejo del sin sentido que parece enmarcar nuestra cotidianeidad, tan llena de repetición y aburrimiento, que se vuelve ritual. Es tan sin sentido todo, que nos pasma y no la espera de que algo cobre sentido", explica el director, especializado en las óperas de Mozart.
Aún con sus coincidencias, la obra no es ilustrativa. "El director se resistió a la salida fácil de ilustrar lo que se canta", menciona la soprano Lourdes Ambriz, quien interpretó el monodrama inspirado en la historia de Sei Shonagan.
Acostumbrada al trabajo con música contemporánea, con participaciones en óperas infantiles como El conejo y el coyote, de Víctor Rasgado; Aura de Mario Lavista, o Los visitantes, de Carlos Chávez; a la soprano no le pareció inusual la propuesta escénica de Cann.
"Si a alguien le queda prejuicio sobre la aceptación de este tipo de montajes, seguramente es porque no ha acudido al ciclo Música y Escena. Luego de seis años, el foro impulsado por Ana Lara, ha consolidado sus propuestas y un público ávido de ellas", mencionó tras ser ovacionada por los asistentes el domingo 2 de febrero.
Ensayos todo el mes de enero, estudios de partituras desde diciembre de 2002, y reuniones con el director para afinar detalles, fueron parte del proceso de montaje, para el cual Ambriz tuvo la gran ventaja de contar con el compositor Paul Barker en el país.
"El trayecto escénico del personaje está dado por el texto y la música, para interpretarlo me subí al riel de la partitura. Tuve mucho trabajo psicológico al adentrarme en los sentimientos de una cortesana japonesa iniciada como solícita amante por su padre", confiesa.
A punto de comenzar los ensayos para la tetralogía de Wagner El oro del Rhin, con la que se inaugurará el Festival del Centro Histórico de la Ciudad de México, a Lourdes Ambriz le satisface participar en ambos extremos de la creación operística, tanto en propuestas flexibles escénicamente y con lenguajes alternativos, como en la grandilocuencia de lo clásico. "Me da la sensación que hago un trabajo completo".
En todo caso, sin acordarse si habla de la ópera o de su vida, Benjamín Cann insiste: "la ópera es un sin sentido. Como enamorarse. Como comer en exceso, como gastarse el dinero si no sabemos si habrá trabajo mañana...".
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